lunes, 16 de febrero de 2015

victorias

Nada podemos perder si nos quedan las ganas de vivir. Todo, sin ellas. Amaneces dibujando recuerdos en todos tus despertares, te miras fijamente al espejo e intentas que cada una de tus cicatrices se fundan con la cruel tarea del olvido. El olvido como la única salida de ese laberinto, como la peor escapatoria de uno mismo.
Esa sonrisa fingida frente al espejo que de tanto dibujarla acaba perdiendo su sentido. Ese rostro al que le pesan las pestañas después de cada sueño, ese cuerpo que ha acostumbrado a dejar dormida en la cama su fuerza de voluntad.
Mírame, no vamos a decorar más escenarios, vamos a desnudar de metáforas todas las palabras. No es momento de recortar en sueños, es momento de hacer maletas con toda la ropa de otoño. Es tiempo de pensar y actuar, porque aunque los culpables se atrevan a fortalecer su tiranía, no nos rendiremos ni nos dejaremos vencer nunca. En esta vida hay que afrontar la despedida como el inicio de un final, la despedida de lugares, personas, emociones. La despedida de tus emociones. Tu despedida. Solo conozco ese camino para regenerarse y volver a hacer todo aquello que te hace único en esta vida un huracán que ningún tsunami pueda arrasar.
Mírate, que has venido aquí a expandirte, a arriesgarte, a volar en paracaídas con todo el miedo atravesándote las costillas. Solo importa que te atrevas a vivir. Y que así, te reencuentres con el brillo de tus ojos para seguir batallando ante este mundo que da tan poco a cambio de nada, que transgrede la naturalidad con estereotipos y muros mentales, que te hace débil para fortalecer la toxicidad que nos rodea y que, siempre, siempre debes alejar. Volver a ser, volver a creer.
Derrotas, y VICTORIAS.